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jueves, 9 de diciembre de 2010

Perpetua,una joven cartaginesa de 22 años


Eran los días del Imperio Romano. Perpetua era una joven cartaginesa de 22 años, recién casada con un hombre de alto rango. Fue arrestada por no aceptar ofrecer sacrificios al emperador, como era costumbre entre los romanos. En esos días, ella amamantaba a su pequeño niño.
Estando en la cárcel, vino a verla su padre (no se tiene noticias de que su esposo la haya visitado), quien le pidió por amor a sus padres, que abjurase de la fe cristiana. Ella le dijo, mostrándole un vaso: “¿Puedo llamar a este vaso otra cosa de lo que es? Seguramente que no. Así tampoco yo puedo dejar de llamarme cristiana, puesto que lo soy.” Poco después fue encerrada en un pequeño calabozo. Al verse privada de su hijo y del compañerismo de sus hermanos en la fe, y expuesta al trato brutal de los soldados, se sintió abrumada y tentada a retroceder. Perpetua consiguió que le trajesen el hijo a prisión, lo estrechó sobre su pecho y se consoló. Luego, sabiendo que tendría que morir, lo encomendó al cuidado de su madre, quien también era cristiana.
En la sala de audiencias, ella y otros cristianos confesaron resueltamente su fe en Jesucristo. Estando allí, su anciano padre entró en el recinto, con un esclavo que traía al niño en brazos, y le conjuró de tener piedad de su vejez y de la inocencia del pequeño. El gobernador le dijo: “Ten piedad de los cabellos blancos de tu padre; ten piedad de tu hijo, y sacrifica al emperador”. “No puedo”, fue la resuelta contestación de ella. “¿Eres cristiana?”, le preguntó el juez. “Sí, soy cristiana”, contestó. El juez entonces mandó que sacasen de la sala al anciano padre; pero sólo pudieron sacarle por la fuerza.
Todos fueron condenados a ser lanzados a las fieras del circo en la próxima festividad, que tendría lugar en el aniversario de la ascensión del emperador. El día de la ejecución, siguiendo una costumbre antigua, quisieron vestir a los hombres como sacerdotes de Júpiter, y a las mujeres como sacerdotisas de Ceres. Los mártires protestaron, alegando que morían por no someterse a esas abominaciones, y que era inicuo vestirlos así. La protesta fue tenida en cuenta y reconocida como justa.
Cuando llegó la hora señalada, el cortejo de mártires fue conducido al circo; Perpetua era la última. La tranquilidad de su alma se reflejaba en su rostro, lleno de una santa alegría. Antes del último momento se abrazaron y besaron como hermanos, y murieron animados por la dulce seguridad de la gloriosa inmortalidad.
Juan C. Varetto, La Marcha del Cristianismo

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