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martes, 16 de noviembre de 2010

Asesinados dos sacerdotes en Irak el pasado 31 de octubre

BAGDAD, 02 Nov. 10 / 10:59 am (ACI)

En la homilía de la Misa de funerales tras la masacre de extremistas musulmanes que acabó con la muerte de 53 personas en la Catedral católica de esta capital, el Arzobispo de Bagdad, Cardenal Emmanuel III Delly, señaló que "no tenemos miedo de la muerte ni de las amenazas" y expresó su voluntad de permanecer en Irak porque "somos los hijos de este país".

Según señala AFP, unas 700 personas abarrotaron la iglesia de San José en donde al comienzo de la Misa estaban siete ataúdes. La Eucaristía fue interrumpida varias veces por la entrada de otros ocho, aplaudidos fuertemente por los presentes.

El Cardenal dijo sobre el ataque que los cristianos ese día "vinieron a la iglesia para rezarle a Dios y para cumplir con su deber religioso, pero la mano del diablo entró en este lugar de culto para matar".

En medio de la profunda consternación ante el ataque más grave contra la comunidad católica en este país, el Arzobispo señaló que "no tenemos miedo de la muerte ni de las amenazas" después de que muchos cristianos dijeron desde el domingo que quieren abandonar Irak. "Somos los hijos de este país y permaneceremos en Irak junto con nuestros hermanos musulmanes para glorificar el nombre de Irak", añadió.

"El gobierno atenderá a los heridos, indemnizará a las familias de las víctimas y financiará inmediatamente la reparación de la iglesia", indicó en un comunicado el portavoz del gobierno, Ali al Dabagh.

Antes de la Misa, una procesión acompañó los féretros de los dos sacerdotes asesinados el domingo: el P. Wasim Sabih, de 27 años, y el P. Athir, de 32, hasta la iglesia de San José.

Uno de los sobrevivientes del ataque y tío del P. Athir, Salem Ablahad Boutros, relató a AFP que ese día este sacerdote "estaba rezando y leyendo un pasaje de la Biblia cuando llegaron los hombres armados". "Dijo: 'mátenme a mí, pero dejen a los fieles en paz'", agregó.

Una joven de 24 años que presenció el hecho explica que lo que sucedió a continuación fue que "los hombres armados le dijeron: 'conviértete al islam, porque de todas formas vas a morir' y le dispararon en la cabeza".

El Papa Benedicto XVI condenó enérgicamente este brutal ataque de fundamentalistas musulmanes contra los fieles que se reunían el sábado por la noche en la Catedral católica de rito Sirio en Bagdad.

Según una fuente del ministerio del Interior, 46 católicos murieron y 60 resultaron heridos en el ataque el domingo por la tarde. Siete miembros de las fuerzas de seguridad murieron en el asalto posterior.

Mártires mexicanos






SANTA ENGRACIA Y LOS DIECIOCHO MÁRTIRES DE ZARAGOZA († ca.303-304)

Diocleciano había subido al trono imperial (285-305), alfombrando su camino con la sangre de Aper. Bravo militar de origen dálmata, Diocleciano se hizo proclamar emperador en Calcedonia. La muerte de Carino en el campo de batalla de Margus le dejó como único jefe del Imperio. Soldado favorito de la fortuna, manifestó siempre tener un espíritu lleno de recursos, una voluntad fría e implacable y un plan de reformas concreto y lógicamente ordenado.

Adepto ferviente del paganismo, a la vez por convicción personal y por razón de Estado, el emperador se afrontó muy pronto con el problema acuciante del cristianismo.

El cristianismo, gracias al decreto de tolerancia de Galieno en 260, había realizado grandes progresos no sólo entre la población civil, sino también en las legiones y en los castros. Diocleciano vio en ello una dualidad moral en el Imperio, y, una vez conseguida la unidad territorial, política y administrativa, se propuso conseguir la uniformidad religiosa. Dadas sus convicciones paganas, la religión de Cristo debía sucumbir ante la religión del Estado. Cuatro decretos sucesivos emanados del poder imperial, en 303 y 304, ordenaron una persecución general en todo el mundo romano. El intento de descristianización empezó por el ejército. En cuanto al elemento civil, el emperador eligió los prefectos más sanguinarios para que persiguieran y acosaran a los cristianos en cualquier rincón del mundo en que se encontraran. Y los ángeles en el cielo entrelazaron con flores purpúreas infinitas coronas que cayeron sobre las cabezas resplandecientes de los atletas de Cristo, lo mismo en el Oriente que en el Occidente, igual en Egipto que en Roma y que en las dos Españas.

A España vino como prefecto Daciano. El regó con torrentes de sangre todas las vegas de la Iglesia española. Conforme iba pasando por las ciudades de la España tarraconense, las vidas más puras y delicadas iban cayendo a sus pies. Empezó por Gerona. Siguió por Barcelona, en donde fue recogida entre la gavilla de las espigas cristianas el alma purísima de Eulalia; continuó por Tarragona, y llegó a Zaragoza. En esta ciudad el tajo era inmenso. En sus enormes brazadas cortó Daciano la vida del diácono Vicente y del obispo Valerio. Por entonces cayeron también los innumerables Mártires de Zaragoza, cuyos restos calcinados formaron las santas masas, la nívea pella de predestinados que esperan en el templo de Engracia el día de la reivindicación final.

Por aquellos días agostadores llegó Engracia a Zaragoza. Venía de Brácara, la noble ciudad de Gallaecia. Hija florida de un noble hispanorromano, iba hacia el Rosellón en cortejo nupcial al encuentro de su prometido, que en aquellas tierras vivía, Antes de emprender el viaje, en el que le servían de cortejo dieciocho caballeros de su familia, recibió entre sueños un aviso de que sería Zaragoza la ciudad de su abrazo feliz.

Cuando llegó a esta ciudad y se enteró de la encarnizada persecución que en ella sufrían sus hermanos, los adoradores de Cristo, comprendió el misterio. Ella era la novia destinada para las bodas eternas con el Cordero. Se presentó delante de Daciano y le reprochó su impiedad.

—Juez inicuo —le dijo—, ¿tú desprecias a tu Dios y Señor que está en los cielos y exterminas con tanta crueldad a sus adoradores? ¿Por qué os empeñáis tú y otros malvados emperadores en perseguir a los cristianos porque no adoran vuestros ídolos, templos de los demonios?

Engracia no iba sola; la acompañaban, como pajes de una reina, los dieciocho apuestos caballeros de su séquito: Luperco, Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturino, Casiano, Fausto y Jenaro. En los rostros de los caballeros se reflejaban los mismos reproches emitidos por la boca de Engracia, y en su silencio condenaban también la crueldad de Daciano.

El presidente, hombre sanguinario y soez, no resistió las palabras de Engracia ni el silencio de sus compañeros y los mandó azotar duramente a todos ellos. Al compás del chasquido del látigo y el desgarrar de las carnes se alzó la más pura de las sinfonías, que penetró en los cielos e hizo sonreír de gozo a los ángeles de Dios. Engracia dirigía el coro de las alabanzas al Señor.

Pensó Daciano que, vencida la entereza de Engracia, flaquearían sus compañeros, y en su presencia ató el delicado cuerpo de la doncella a la cola de unos caballos y la arrastró por las calles de la ciudad. Cuanto más punzantes eran sus dolores y más se desgarraba su cuerpo en flor más cantaba a Jesucristo y más detestaba a los ídolos y dioses imperiales, y más se robustecía la fe de los caballeros a la vista de la entereza de la virgen.

El juez imperial no dejaba piedra sin remover para llevar a sus víctimas a una abjuración o a una apostasía. Viendo que por los tormentos no arredraba a la intrépida virgen propuso seducirla con promesas. "Ya que no podemos vencer con la dureza, venzamos con halagos", se dijo. Y puso delante de sí a la doncellita, a quien rodeaban sus compañeros corno al pistilo los pétalos de la flor.

—Oye, jovencita —le dijo—, ¿por qué unes la vanidad a tu nobleza? ¿No dejarás tu error si tu sangre real se une en matrimonio con uno de los gallardos príncipes que florecen en el Imperio? Lejos de ti el proseguir en tu desvío y en el desprecio de nuestros apuestos donceles. ¿Vas a despreciar una vida brillante y soñadora por cegarte en las fantasías de esa gentuza arrastrada?

—¡Pobre sacrílego! —replicó Engracia—. Haz a tus hijas esa proposición. En cuanto a mí, si no me venciste con los tormentos, no esperes atraerme con tus hechizos malvados. Mi causa es clara. Seré esposa de Cristo. Ni tus suplicios ni tus halagos conseguirán otra cosa que unirme y estrecharme más íntimamente al Esposo de mi alma. Yo soy enviada por Él para increparte por tus crímenes e indicarte que ceses en la persecución si no quieres sentir sobre tu cabeza la ira de Dios.

Al presidente se le encendieron los ojos y con voz quebrada y sarcástica agregó:

—Por tus consejos, ¡oh niña simpática!, debo darte las merecidas gracias.

Llamó a los verdugos, y en su presencia, y delante de los dieciocho caballeros bracarenses, la mandó desnudar y atormentar. Los garfios se agarraban en sus carnes ya desgarradas por los azotes anteriores y por el arrastre por las calles empedradas de la ciudad. Varios surcos abiertos por los ganchos dejaron al aire libre sus entrañas palpitantes. Ya no había cuerpo donde herir. Le cortan los pechos y a través de las heridas abiertas se veía latir dulcemente el corazón de la esposa de Cristo.

Luperco no se pudo contener ante aquella crueldad usada contra la mártir de Dios y exclamó en nombre dé los demás compañeros:

—Juez cobarde, ¿por qué persigues con esa saña al pueblo cristiano? ¿Por qué atormentas tan cruelmente a la virgen Engracia? ¿No podías probar en nuestros cuerpos varoniles la resistencia de tus garfios y dejar ya de deshilar la seda del cuerpo de la doncella? Si te han molestado sus palabras, su confesión es la nuestra. Si ella merece la muerte, también nosotros debemos morir; pero si nosotros seguimos con vida también ella debía continuar viviendo.

Daciano los mandó retirar de su presencia y ordenó que los degollaran fueran de la ciudad.

Cuando Engracia los vio salir hacia el martirio, desde la púrpura de su sangre en que estaba envuelta, les dijo:

—Hermanos amadísimos, volad gozosos al martirio, camino de la vida eterna. Vais no a la muerte, sino a la vida; no al tormento, sino al triunfo. La misma palma del martirio nos unirá a todos en la gloria.

La orden del presidente fue ejecutada al momento. Los mártires de Cristo recibieron sus coronas a las orillas del Ebro.

Cuando comunicaron a Daciano que su orden estaba cumplida, miró a Engracia y le dijo:

—¡Oh tierna virgen, ¿qué esperas si ya sientes sobre ti todos los tormentos y sabes que tus compañeros han sido decapitados? Blasfema de Cristo, adora a los dioses y cesará el tormento y te presentaré un esposo.

A lo cual respondió, intrépida, la mártir de Cristo:

—¿Piensas que voy a adorar las piedras y a renegar del Criador del cielo y de la tierra?

No sabiendo Daciano cómo atormentarla ya, mandó que le hincaran un clavo en la frente, y, envuelto su cuerpo en un vivo dolor, fue arrojada en un lóbrego calabozo para que se pudriera viva.

El poeta Prudencio le cantó un siglo después como si la estuviera contemplando en el lóbrego calabozo que él piadosamente visitó, sin duda: "A ninguno de los mártires aconteció que habitara en nuestras tierras quedando aún en vida; tú eres la única que permaneces en el mundo, sobreviviendo a tu propia muerte.

Hemos visto parte de tu hígado arrancado y apresado aún a lo lejos en las tenazas comprimidas, ya tiene la muerte pálida algo de tu cuerpo, aun cuando estás viva”.

El cuerpo de la Santa fue sepultado honrosamente por el obispo Prudencio en una urna de mármol, uniendo a él las cenizas de los dieciocho compañeros. "Póstrate conmigo, generosa ciudad, ante los sagrados túmulos", cantaba el poeta Prudencio. Y Zaragoza, llena de fervor, se postra todavía en la cripta de la parroquia de Santa Engracia, donde duermen el sueño de los justos los restos de la virgen Engracia, de sus dieciocho compañeros y las níveas masas de los innumerables Mártires.

JOSÉ GUILLÉIN

San Tarsicio

Todos conocemos al niño Tarsicio. Es el año 302, en plena persecución del emperador Diocleciano. En Roma, un niño, de nombre Tarsicio, asiste a la eucaristía en las catacumbas de San Calixto. El papa de entonces le entrega el Pan Consagrado y envuelto en un lino blanco, para que lo lleve a los cristianos que están en la cárcel (¡era para esa ocasión ministro extraordinario de la Comunión!) que esperan dar pronto su vida por Dios. ¡La eucaristía engendra mártires!

Tarsicio oculta cuidadosamente el Pan Eucarístico sobre su pecho. Solícito se encamina hacia las cárceles. En el camino encuentra a algunos compañeros no cristianos que juegan y se divierten. Al verlo tan serio sospechan que algo importante está guardando. Al descubrir que Tarsicio lleva los “misterios”, el odio estalla en sus corazones y en todos los miembros de sus cuerpos. Con puñetazos, puntapiés y pedradas esos muchachos paganos tratan de arrebatarle lo que él aprieta contra su corazón. Aún herido de muerte no suelta la eucaristía.

Providencialmente pasa por el lugar un soldado cristiano llamado Cuadrato y lo rescata. Lo toma en sus fuertes brazos y lo lleva de regreso a la comunidad cristiana. Allí, ya en agonía, Tarsicio abre sus brazos y devuelve la eucaristía al papa que se la había entregado. Tarsicio muere feliz, pues le ha demostrado a Cristo su propia fidelidad hasta la muerte. ¡La eucaristía engendra mártires!

Para los primeros cristianos la eucaristía estaba unida a la capacidad de martirio. Tanto para Tarsicio como para esos cristianos ya encarcelados, la eucaristía les daba fuerzas para soportar todo dolor y sufrimiento.

Es de todos conocido el ejemplo de san Ignacio de Antioquía que decía a sus hermanos cristianos: ”Dejadme ser pan molido para las fieras”. Y así murió, devorado por las fieras. ¡La eucaristía engendra mártires!

Tenemos también a los famosos mártires de 1934, fusilados en el norte de España, entre ellos san Héctor Valdivielso, argentino. Después de la misa los apresan y los conducen a la cárcel, y a los tres o cuatro días los fusilan.

En México muchos sacerdotes en tiempo de la Guerra Cristera de 1926 a 1929, murieron mártires, entre ellos el padre Agustín Pro, porque no obedecieron la orden masónica del presidente Plutarco Elías Calles: “prohibido celebrar la eucaristía y todo culto católico, bajo pena de muerte”. Y estos sacerdotes desafiaron esta inhumana y atea orden, porque sentían el deber sagrado de honrar a la eucaristía y fortalecer al pueblo. No podían vivir sin la eucaristía. Y murieron mártires.

El beato Karl Leisner, ordenado sacerdote en el campo de concentración de Dachau en Alemania, fue apresado y encarcelado. Tenía como lema “Cristo, tú eres mi pasión”. Celebró su primera y única misa en un barracón del campo de concentración. Sus últimas palabras fueron “Amor, perdón, oh Dios, bendice a mis enemigos”. ¡La eucaristía engendra mártires!

¿Por qué la eucaristía da fuerzas para el martirio? Porque en la eucaristía recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que murió mártir, y que nos llena de bravura, de fuerza para afrontar cualquier situación adversa. Quien comulga con frecuencia tendrá en sus venas la misma Sangre de Cristo, siempre dispuesta a entregarla y derramarla cuando sea necesario por la salvación del mundo.

Si hoy claudican tantos cristianos, si hay tanto miedo en demostrar que somos cristianos, si hay tanto cálculo, miramiento, cobardía en la defensa de la propia fe, si hoy se pierde con relativa facilidad la propia fe y se duda de ella o se pasa a sectas, ¿no será porque nos falta recibir con más conciencia, fervor y alma pura la eucaristía?

El efecto número uno de la eucaristía es la capacidad de sufrir cualquier cosa por Cristo.

San Cipriano de Cartago

Figura de gran importancia en la Iglesia africana de la primera mitad del siglo III. Nació entre los años 200 y 210. Alrededor del 246 se convirtió a la fe cristiana. Fue sacerdote y luego obispo de Cartago. Escribió abundantemente, en particular a sus sacerdotes. Murió mártir en el año 258.

El padre d’Alès[29] ha extraído de las obras de San Cipriano las siguientes expresiones con respecto al pan y al vino eucarístico:

- el cuerpo del Señor

- el santo cuerpo del Señor

- el cuerpo de Cristo

- la carne de Cristo

- lo santo del Señor

- el alimento de Cristo

- el alimento celestial

- el pan del Señor

- la gracia saludable

- la comida celestial



- la sangre del Señor

- la sangre de Cristo

- el misterio del cáliz

- el cáliz del Señor

- la bebida del Señor

- la bebida saludable



Comentando la oración del Señor (el Padrenuestro) enseña:



“Porque Cristo es pan de los que tocamos su cuerpo; y ese pan es el que pedimos que se nos dé cada día, no sea que los que estamos en Cristo y recibimos cada día su Eucaristía como alimento de salvación, cuando por presentarse algún pecado más grave absteniéndonos y no comulgando nos apartemos de recibir el pan celestial, nos separemos del cuerpo de Cristo, según su palabra: Yo soy el pan de vida [...]. Cuando dice que vive eternamente el que come de su pan, del mismo modo que es claro que viven los que tocan su cuerpo y reciben la Eucaristía por su derecho de comunión, así por el contrario hay que temer y pedir no sea que al separarse del cuerpo de Cristo no comulgando, quede separado de la salvación [...]. Y por eso pedimos que cada día se nos dé nuestro pan, es decir, Cristo, para que quienes permanecemos y vivimos en Cristo, no nos apartemos de su santificación y de su cuerpo”. (De dominica oratione, 18)



Ante las prácticas de algunos que usaban sólo agua en la Eucaristía, y no vino, replica:



“...que en el cáliz que se ofrece en memoria suya lo que se ofrezca sea una mezcla de vino [con un poco de agua]. Porque diciendo Cristo: Yo soy la vid verdadera, la sangre de Cristo no es, sino duda, agua, sino vino; ni puede parecer que está en el cáliz su sangre, con la que fuimos redimidos y vivificados, si en el cáliz falta el vino, que se muestra ser la sangre de Cristo, predicha por el misterio y el testimonio de todas las Escrituras”. (Epístola 63, 2)



En tiempos de persecución -enseña Cipriano- hay que dar la Eucaristía para que los cristianos no vayan inermes al combate, sino



“armados con la protección de la sangre y del cuerpo de Cristo”



ya que la Eucaristía se hace para eso, para ser defensa de los que la reciben:



“si a los que van a luchar les negamos la sangre de Cristo, ¿cómo les enseñamos o los incitamos a derramar su sangre en la confesión del nombre [de Cristo]?” (Epístola 57, 2)[30]



Y en el mismo espíritu:



“Amenaza ahora una lucha más dura y feroz, a la que deben prepararse los soldados de Cristo con una fe incorrupta y una virtud robusta, considerando que por eso beben a diario el cáliz de la sangre del Señor, para poder también ellos derramar su sangre por Cristo”. (Epístola 58,1)



Hablando de aquellos cristianos que habían apostatado, al menos materialmente, de su fe y que ahora se acercan a recibir la eucaristía sin haber hecho antes penitencia y sin haberse reconciliado, dice:



“Se hace así violencia al cuerpo y la sangre [del Señor], y ahora con sus manos y su boca pecan más contra el Señor que cuando entonces le negaron” (De lapsis 16).

El Papa: La Eucaristía, presencia real de Cristo

Intervención de Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, 27 sep (ZENIT.org).- El Jubileo del año 2000, centrado en la persona de Cristo, es también el Jubileo de la Eucaristía, el sacramento con el que Jesús se quiso quedar con nosotros a través de la historia. Por este motivo, Juan Pablo II comenzó hoy una serie de meditaciones que continuará durante los próximos encuentros con los peregrinos del miércoles, sobre el milagro más grande de todos los tiempos.




1. Según las orientaciones delineadas en la «Tertio millennio adveniente», este año jubilar, celebración solemne de la Encarnación, tiene que ser un año «intensamente eucarístico» (TMA, 55). Por este motivo, después de haber detenido la mirada en la gloria de la Trinidad, que resplandece en el camino del hombre, comenzamos una catequesis sobre esa celebración grande
y al mismo tiempo humilde de la de la gloria divina: la Eucaristía.

Grandeza y pequeñez de la Eucaristía
Grande, pues e la expresión principal de la presencia de Cristo entre nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20); humilde, pues se entrega con los signos sencillos y cotidianos del pan y del vino, la comida y la bebida ordinarias en la tierra de Jesús y en muchas otras regiones. En ese carácter cotidiano de los alimentos, la Eucaristía introduce no sólo la promesa, sino también la «prenda» de la gloria futura: «futurae gloriae nobis pignus datur» (Santo Tomás de Aquino, «Officium de festo corporis Christi»). Para comprender la grandeza del misterio eucarístico, hoy queremos considerar el tema de la gloria divina y de la acción de Dios en el mundo, ya sea que se manifieste en los grandes acontecimientos de salvación, ya sea que se esconda bajo los humildes signos que sólo puede percibir el ojo de la fe.

La gloria divina en el Antiguo Testamento
2. En el Antiguo Testamento, con la palabra hebrea «kabôd» se indica la manifestación de la gloria divina y de la presencia de Dios en la historia y en la creación. La gloria del Señor refulge en la cumbre del Sinaí, lugar de revelación de la Palabra divina (cf. Éxodo 24, 16). Está presente en la tienda santa y en la liturgia del pueblo de Dios, peregrino en el desierto (cf. Levítico 9, 23). Domina en el templo, la morada --como dice el salmista-- «en donde habita tu gloria» (Salmo 26, 8). Envuelve, como un manto de luz (cf. Isaías 60, 1), a todo el pueblo elegido: el mismo Pablo es consciente de que «los israelitas poseen la adopción de hijos, la gloria, las alianzas...» (Romanos 9, 4).

3. Esta gloria divina, que se manifiesta de manera especial en Israel, está presente en todo el universo, como lo escuchó proclamar el profeta Isaías a los serafines en el momento de su vocación: «¡Santo, santo, es el Señor de los ejércitos! La tierra está llena de su gloria» (Isaías 6, 3). Es más, el Señor revela a todos los pueblos su gloria, como se lee en el Salterio: «Todos los pueblos contemplan su gloria» (Salmo 97, 6). La luz de la gloria, por tanto, es universal, de modo que toda la humanidad puede descubrir la presencia divina en el cosmos.

La plenitud de la gloria: Cristo
En Cristo, sobre todo, se cumple esta manifestación, pues él es el «resplandor de la gloria» divina (Hebreos, 1, 3). Y lo es también a través de sus obras, como testimonia el evangelista Juan ante el signo de Caná: Cristo «manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Juan 2, 11). Él irradia también la gloria divina a través de su palabra, que es Palabra divina: «Yo les he dado tu Palabra», dice Jesús al Padre; «yo les he dado la gloria que tú me diste» (Juan 17, 14. 22). Cristo manifiesta la gloria divina más radicalmente a través de su humanidad, asumida en la encarnación: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1, 14).

Presencia de Cristo
4. La revelación terrena de la gloria divina alcanza su cumbre en la Pascua que, especialmente en los escritos de san Juan y de san Pablo es descrita como una glorificación de Cristo a la derecha del Padre (cf. Juan 12, 23; 13, 31; 17, 1; Filipenses 2, 6-11; Colosenses 3, 1; 1 Timoteo 3, 16). Ahora, el misterio pascual, expresión de la «perfecta glorificación de Dios» («Sacrosanctum Concilium», 7), se perpetua en el sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección confiado por Cristo a la Iglesia, su amada esposa, (cf. «Sacrosanctum Concilium», 47). Con el mandamiento «Haced esto en conmemoración mía» (Lucas 22, 19), Jesús asegura la presencia de la gloria pascual a través de todas las celebraciones eucarísticas que salpicarán el fluir de la historia humana. «A través de la santa Eucaristía el acontecimiento de la Pascua de Cristo se expande a toda la Iglesia [...]. Con la comunión en el cuerpo y en la sangre de Cristo, los fieles crecen en la misteriosa divinización que, gracias al Espíritu Santo, les hace habitar en el Hijo como hijos del Padre» (Juan Pablo II y Moran Mar Ignatius Zakka I Iwas, Declaración Común 23-6-1984, n. 6: EV 9, 842).

La respuesta del hombre
5. No cabe duda de que la celebración más elevada de la gloria divina tiene lugar hoy en la liturgia. «Dado que la muerte de Cristo en la cruz y la resurrección constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia y la prenda de su Pascua eterna, la liturgia tiene como primera tarea volvernos a llevar por el camino pascual abierto por Cristo, en el que se acepta morir para entrar en la vida» (Carta apostólica «Vicesimus quintus annus», 6). Esta tarea se ejerce sobre todo por medio de la celebración de la Eucaristía, que hace presente la Pascua de Cristo y comunica su dinamismo a los fieles. Así, el culto cristiano se convierte en la expresión más viva del encuentro entre la gloria divina y la glorificación que sale de los labios y del corazón del hombre. A la «gloria del Señor que llena la morada» del templo con su presencia luminosa (cf. Éxodo 40, 34) le tiene que corresponder nuestra «glorificación del señor con espíritu generoso» (Sirácida 35, 7).

La existencia del hombre: glorificación de Dios
6. Como nos recuerda san Pablo, tenemos que glorificar también a Dios en nuestro cuerpo, es decir, con toda la existencia, pues nuestro cuerpo es templo del Espíritu que está en nosotros (cf. 1 Corintios 6, 19. 20). Desde esta perspectiva, se puede hablar también de una celebración cósmica de la gloria divina. El mundo creado, «tan a menudo desfigurado por el egoísmo y la avidez», tiene en sí «la potencialidad eucarística»: «está destinado a ser asumido en la Eucaristía del Señor, en su Pascua presente en el sacrificio del altar» («Orientale Lumen» 11). A ese aleteo de la gloria del Señor, que está «por encima de los cielos» (Salmo 113, 4) y se irradia en el universo, le corresponde, como contrapunto de armonía, la alabanza de toda la creación de modo que «Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (1 Pedro 4, 11).

Su Santidad el Papa Benedicto XVI

Su Santidad el Papa Benedicto XVI
el viernes 17 de septiembre del 2010 y aprecia los nichos de los mártires del siglo XX, incluyendo a Mons. Romero Abadía de Westminster en Londres